Prólogo.


Todos estaban nerviosos. La novia no llegaba, el novio estaba comiéndose las uñas y los familiares empezaban a preocuparse. El novio contemplaba una y otra vez la puerta de la iglesia temiendo lo peor. ¿A caso la novia le había dejado plantado después de todo?
Y ella, ella miraba al novio de una manera en la que nunca había sido visto, le brindaba las más sinceras sonrisas que ella podía darle en aquellos momentos. Intentaba ser fuerte, intentaba aparentar que aquella boda no le importaba nada. Después de todo, aún no había dejado de amarlo.

La canción nupcial empezó a sonar haciendo que todos los invitados se levantasen de los bancos, la novia empezó a caminar hacia el altar, siendo contemplada por todos los familiares, amigos… y teniendo la vista de él encima suyo. Porque después de todo ¿que era ella de ellos? ¿la amiga, la ex, la dama de honor? Porque sí, para colmo ella tenía que ser la dama de honor de la novia.

Y allí estaba la novia, plantada en el altar al lado del novio, con su hermoso vestido blanco –aquel que toda mujer desearía tener si fuera millonaria–. Ella contempló al novio, que lucía hermoso en ese traje negro y que no dejaba de sonreír. Sin dudas se podía percibir que ambos se amaban mutuamente y eso a ella le dolía, y le dolía muchísimo. Le dolía que el novio la mirase como la única mujer que había estado en su vida, le dolía que la mirase con orgullo, le dolía que él estuviera mirándola anonadado, cuando ella tendría que ser la que estuviera en ese altar junto a él. ¿Cómo no le iba a doler si ni siquiera le había superado?

–Kenneth James Duch ¿quieres recibir a Adara Marie Clayton como legitima esposa, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y, así, amarla y respetarla todos los días de tu vida?

Hubo un gran silencio. Los ojos del novio conectaron con los de ella. Ella tenía la mínima esperanza de que él dijera que no, que no quería casarse. Pero de ilusiones se vive. ¿no?

–Sí, quiero.

–Adara Marie Clayton ¿quieres recibir a Kenneth James Duch como legitimo esposo, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y, así, amarle y respetarle todos los días de tu vida?

–Si quiero. -contestó con una gran sonrisa.

–Entonces yo os declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.


Y en ese mismo instante, ella sintió como su corazón se partía en mil pedazos.

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